He sobrevivido a varias generaciones de humanos y es más, he tenido una decena de “Dueños de Casa” que en su eterna trashumancia me han vendido, arrendado, dado en usufructo e incluso regalado parte de mi cuerpo, desmembrando mis muros y separando mi alma que fue concebida como una sola unidad. Ya no recuerdo cuántos recién nacidos dieron su primer llanto en mis habitaciones. Amores, traiciones, odios y veleidades humanas se fraguaron en mis cuartos. También la felicidad tuvo su momento dentro de mi cuerpo. Muchas familias triunfaron en su peregrina vida y muchas otras, las más, fracasaron en su afán vertiginoso de obtener ascensos en busca de la felicidad. En mi memoria desgastada aún resuenan nombres y apellidos de personas que se sirvieron de mi protección y cobijo. Algunos pagaron mi amor cuidando mi cuerpo e incluso haciéndolo más bello, pero otros, lo golpearon, quemaron e incluso desgarraron en sus horas de tormento y odio, pero aun así, sobreviví. Vienen a mi mente los Ackermann, García, Huidobro, Olguín, Prat y muchos más, cada uno de ellos y su descendencia dejaron sus huellas en mis muros, cielos y espacios vacíos. Muchos, pero muchos “maestros chasquillas” cercenaron, hollaron y hendieron sus filosas herramientas en mi esqueleto tratando de quitarme la vida, pero mis cimientos eran fuertes y me sobrepuse a tanta agresión. Algún pseudo dueño de casa, robó mis partes más preciadas. Aldabones, puertas finas, cristales, tuberías de plomo, cobre y bronce fueron a dar al comprador de chatarra. Más de uno arrancó mis entrañas dejando al aire las aguas malolientes fruto de sus efluvios y evacuaciones, pero este oprobio fue el castigo a su codicia desenfrenada. Yo que siempre cuidé que mis olores intestinos no llegasen al habitante de turno, al quedar al aire mis heridas, el propio olor nauseabundo generado por los humanos volvió a su origen. Pero como “no hay mal que dure cien años” (como mi edad) en el último decenio, la familia que arrendó a su último dueño se dio a la tarea de lavar mis heridas. Con materiales modernos renovaron mis baños, techos, dinteles y ventanales. Un jardín verde cubrió mi pequeño patio, mi rostro fue maquillado y mis pisos encerados y lo mejor de todo…sentí algo parecido al amor con que fui concebida hace cien años. Los maestros de esa época no eran “chasquillas”. Sus manos, aunque manos de artesanos iletrados, hacían su trabajo con amor, pero amor al trabajo y a las cosas bien hechas. Lo mejor de todo es que voces juveniles comenzaron a poblar e impregnar los muros con sus susurros y secretillos y… ¡aquí estoy!...recibiendo visitantes de todas partes del mundo y volviendo a renacer a un nuevo siglo, sigo, eso sí, con los pequeños males que conté al principio, pero el don de gentes de mis actuales habitantes, disculpará estas pequeñas anomalías y yo devolveré su comprensión protegiendo a quien more en mi casa.
jueves, 19 de diciembre de 2013
"LA CASONA DEL POETA-HISTORIA"
He sobrevivido a varias generaciones de humanos y es más, he tenido una decena de “Dueños de Casa” que en su eterna trashumancia me han vendido, arrendado, dado en usufructo e incluso regalado parte de mi cuerpo, desmembrando mis muros y separando mi alma que fue concebida como una sola unidad. Ya no recuerdo cuántos recién nacidos dieron su primer llanto en mis habitaciones. Amores, traiciones, odios y veleidades humanas se fraguaron en mis cuartos. También la felicidad tuvo su momento dentro de mi cuerpo. Muchas familias triunfaron en su peregrina vida y muchas otras, las más, fracasaron en su afán vertiginoso de obtener ascensos en busca de la felicidad. En mi memoria desgastada aún resuenan nombres y apellidos de personas que se sirvieron de mi protección y cobijo. Algunos pagaron mi amor cuidando mi cuerpo e incluso haciéndolo más bello, pero otros, lo golpearon, quemaron e incluso desgarraron en sus horas de tormento y odio, pero aun así, sobreviví. Vienen a mi mente los Ackermann, García, Huidobro, Olguín, Prat y muchos más, cada uno de ellos y su descendencia dejaron sus huellas en mis muros, cielos y espacios vacíos. Muchos, pero muchos “maestros chasquillas” cercenaron, hollaron y hendieron sus filosas herramientas en mi esqueleto tratando de quitarme la vida, pero mis cimientos eran fuertes y me sobrepuse a tanta agresión. Algún pseudo dueño de casa, robó mis partes más preciadas. Aldabones, puertas finas, cristales, tuberías de plomo, cobre y bronce fueron a dar al comprador de chatarra. Más de uno arrancó mis entrañas dejando al aire las aguas malolientes fruto de sus efluvios y evacuaciones, pero este oprobio fue el castigo a su codicia desenfrenada. Yo que siempre cuidé que mis olores intestinos no llegasen al habitante de turno, al quedar al aire mis heridas, el propio olor nauseabundo generado por los humanos volvió a su origen. Pero como “no hay mal que dure cien años” (como mi edad) en el último decenio, la familia que arrendó a su último dueño se dio a la tarea de lavar mis heridas. Con materiales modernos renovaron mis baños, techos, dinteles y ventanales. Un jardín verde cubrió mi pequeño patio, mi rostro fue maquillado y mis pisos encerados y lo mejor de todo…sentí algo parecido al amor con que fui concebida hace cien años. Los maestros de esa época no eran “chasquillas”. Sus manos, aunque manos de artesanos iletrados, hacían su trabajo con amor, pero amor al trabajo y a las cosas bien hechas. Lo mejor de todo es que voces juveniles comenzaron a poblar e impregnar los muros con sus susurros y secretillos y… ¡aquí estoy!...recibiendo visitantes de todas partes del mundo y volviendo a renacer a un nuevo siglo, sigo, eso sí, con los pequeños males que conté al principio, pero el don de gentes de mis actuales habitantes, disculpará estas pequeñas anomalías y yo devolveré su comprensión protegiendo a quien more en mi casa.
martes, 14 de agosto de 2012
VOLVER A SER NIÑOS
Hoy que la vida nos ha brindado, a unos, y azotado a otros, la bendición y/o maldición de ver a nuestro "producto" ya crecido y con pensamientos propios, comenzamos a sentir la misma presión que sentimos al ser niños cuando, tal vez, quisimos rebelarnos al sistema imperante en esos años. Hoy, en algunos casos, nuestra descendencia decide por nosotros e interviene en nuestros principios de origen que, según nuestra conciencia, es más sano que el pensamiento actual. Pero, la paternidad nos hace creer que éste "fruto maduro y jóven ", tiene la razón.
Hoy, sobre los sesenta años de edad; somos tratados como "Niños" por la propia "semilla" ya madura...la que dicta los procedimientos a seguir cubriendo con un manto de dudas, nuestro proceder y principios; obligándonos a creer que el pensamiento móderno es mejor a lo aprendido por nosotros.
lunes, 23 de abril de 2012
Metro noventa y cinco y ciento diez kg. de peso, con 14 enfermedades y 62 años de vida. Escritor por aficción, pobre de materiales, rico en familia y amigos, silencioso en la soledad, alegre con los tragos, amante del idioma castellano, temeroso de la muerte, perseverante y soñador, incomprendido politicamente,buen anfitrión, buen padre; mejor abuelo.Trágico de humor, fome(según mis enemigos). Hombre bueno, perceptivo y nostálgico, solitario por geografía, intruso como el viento.(si no me prohiben contar un secreto): ¡Extrovertido!. Amante de la paz.
sábado, 24 de diciembre de 2011
NAVIDAD
NAVIDAD
Parece que fue ayer en que corría por el patio de la vieja casona de Maipú en el día del 24 de Diciembre, vispera de Navidad. Ya en los días anteriores habíamos adornado el Arbol de Pascua; que es ese entonces , si era una rama de pino. Los adornos no eran luces multicolores, serpentinas ni estrellas de plata sino que: Ciruelas, Nísperos y Guindas que habíamos sacado los "hombrecitos" de la familia que, cada uno a su manera, habíamos trepado en los árboles bajo el ojo avisor de Papá Domingo, nuestro Abuelo, que gozaba viendo a la "chiquillería" encaramada en el verde frondoso de los árboles. Unos algodones, simulaban la nieve y la paja de trigo formaba el "Nido" del niño Dios.
En una olla de fierro Mamá Teresa cocía un Pato "casero", el más grande de todos, que serviría de Cena de Navidad. Para los mayores de la casa se preparaba Ponche en agua (palos de guindo, de membrillo y canela eran remojados en agua y aguardiente) más, alguna botella de vino. Para los niños, jugos de frutas y ocasionalmente alguna bebida de fantasía. En complicidad con Mamá, dejábamos nuestros raídos calcetines colgados en la ventana, en los cuales, según ella, el viejo pascuero nos dejaría los regalos. Los más chicos, "Cenábamos" temprano y a eso de las diez de la noche del día 24, nos teníamos que ir a dormir. Nos vencía el cansancio y cada uno soñaba a su manera con los regalos a traer por el Viejito Pascuero.
Mamá, después de atender a los mayores de la casa, salía a hurtadillas para llegar a nuestra ventana en donde pendían las remendadas calcetas y depositaba en ellas algunos "Gallitos" de dulce, una estampita sagrada(de esos que regalaban los Curas) y a veces algún "Palomo"con azúcar flor encima.
Al despertar el día 25, nuestra algazara y risas, despertaban a Mamá que con ojos complices, ayudaba a sacar nuestros "regalos". Ahora me doy cuenta que lo importante no eran los regalos, sino que lo hermoso era; que el Viejo Pascuero, no nos había olvidado y había visitado nuestro hogar. Esto fue hace 58 años y...parece que fue ayer.
jueves, 18 de agosto de 2011
LA NAVAJA (Cuento corto)
L A NAVAJA
El maestro carpintero se acercó al dueño de casa y le entregó una cajita alargada que denotaba a todas luces que había pasado muchos años oculta en algún lugar de la añosa casa ubicada en el cerro Barón de Valparaíso.
-Esto lo encontré en el entretecho- dijo; Y sin más, dio media vuelta y siguió en su labor de reparar el techo de la vivienda, que era para lo que había sido contratado por don Rubén. La última lluvia de ese mes de Agosto del año 2011 había mojado el escritorio del anciano, y éste, que ya no estaba en condiciones de reparar el destrozo, delegó esta función en el carpintero del sector. Con la pequeña caja de madera se sentó en la silla de mimbre que daba al jardín y, desde donde se veía el mar y parte de la Dársena que a esa hora del día mostraba gran movimiento. Sacó un viejo pañuelo y limpió el polvo acumulado por décadas y que permanecía pegado al pequeño cofre.
Los ojos grises del hombre se humedecieron al abrir la pequeña arca…lo recordó todo: ¡Era la navaja de afeitar de su padre!, la misma que estaba perdida y olvidada por sesenta años, pero como el cerebro humano guarda y atesora las cosas más impensadas; vinieron a su mente esas vivencias ocurridas hace tantos años y eso ocurrió en ese instante…
“La navaja…pásenme la navaja”. Los recuerdos se atropellaron…su padre golpeado por dos hombres…motivos: La compra de una propiedad. ¡Sí!, era la misma casa que había heredado. El, con doce años de edad, había corrido al interior de la propiedad en busca del artilugio (en ése momento un arma) que su padre pedía. Con la caja en sus manos, miró hacía la entrada del cité “del hombre solo” por si divisaba al “Totó”, un pescador y malandrín de poca monta que siempre estaba afilando su cuchilla (puñal por las noches) en el cemento de la entrada del cité. No estaba. De nada habría servido pedir la ayuda, pues era un niño y los “choros” de esos tiempos no se relacionaban con chiquillos. En esos momentos los agresores de su padre se habían alejado un poco, el agredido insistía en tomar desquite con el arma cortante. Rubén dudó por un instante y al ver que nadie le miraba, arrojó el pequeño estuche lejos, muy lejos…su padre no debía mancharse las manos en gente de esa calaña.
Entre la batahola y el bullicio de la riña y la llegada de los Carabineros, amén de los comentarios y chismorreos de la vecindad (que durarían por varios días), nadie se acordó más de la navaja. Sólo Rubén los recordaría por algún tiempo. Su padre nunca tocaría el tema de la pelea. El tiempo inexorable fue borrando lo ocurrido.
Ahora unas gotas de lluvia, venían a desentrañar el misterio de la navaja perdida. El nuevo techo cubriría con su manto de olvido las telarañas y polvo que fueron testigo secreto del lugar en que estuvo por tantos años y que un niño, tantos años atrás arrojó, previniendo una tragedia. Hoy, en el escritorio de Rubén y en un lugar de privilegio está la pequeña caja que aún conserva el color y aroma de esos años idos.
José Manuel Florenti
Valparaíso 2011.